Margot regresa a Mallorca después de una separación y de una etapa en la que parece haberse alejado no solo de su tierra, sino también de sí misma. Allí vuelve a encontrarse con sus amigas de siempre, con Francina, amiga y vecina de su abuela, y con una casa familiar cargada de recuerdos. Mientras recupera poco a poco su relación con la fotografía y vuelve a mirar el pueblo con otros ojos, el pasado empieza a hacerse presente y la historia de su abuela, Jonaina, adquiere cada vez más peso.
Caterina Karmany construye así una novela coral en la que se alternan dos momentos diferentes: el presente de Margot y su entorno y el pasado de Jonaina, marcado por una época especialmente dura. Ambas líneas terminan dialogando entre sí a través de los vínculos familiares, los silencios, las heridas que permanecen y esa idea de que hay experiencias que, aunque pertenezcan a otra generación, siguen dejando su huella mucho tiempo después.
De las dos líneas temporales, la del pasado ha sido, sin duda, la que más me ha atrapado. Y gran parte de la culpa la tiene Jonaina. Me ha encantado este personaje. Su historia me ha resultado muy interesante y, sobre todo, muy adictiva porque hay una fuerza enorme en la manera en que se enfrenta a todo lo que le toca vivir. Es una mujer que ha crecido en una época en la que salir adelante exigía muchísimo y lo hace enfrentándose a las circunstancias con una determinación que me ha resultado poderosa. No es tanto una fuerza grandilocuente como esa capacidad de seguir avanzando, de hacer lo necesario y de no dejarse paralizar por el miedo o por las dudas.
Creo que es precisamente ahí donde la novela consigue transmitir mejor una de sus ideas de fondo: la supervivencia como herencia. Mujeres que tuvieron que sobreponerse a situaciones muy duras y que, de una forma u otra, dejaron algo detrás para quienes vinieron después. En ese sentido, las dos líneas temporales funcionan como un espejo: no porque sus vidas sean idénticas, sino porque determinadas heridas, miedos o formas de enfrentarse al mundo parecen encontrar ecos de una generación en otra.
La historia de Margot y sus amigas me ha interesado algo menos. Sus problemas, sus relaciones y las distintas situaciones a las que se enfrentan son reconocibles y tienen un componente muy universal. Hay en ellas preocupaciones propias de una generación que ha llegado a una determinada etapa de la vida y empieza a enfrentarse a cambios, frustraciones o preguntas que muchos lectores podrán reconocer. Aun así, personalmente he sentido una conexión mucho mayor con lo que ocurre en el pasado y, especialmente, con Jonaina.
Hay, además, dos espacios que me han parecido especialmente significativos dentro de la novela. El primero es la casa familiar. No es simplemente el lugar al que Margot regresa. Es un depósito de memoria. Sus paredes han sido testigo de momentos felices y también de episodios dolorosos, de encuentros y desencuentros, de cosas que se dijeron y de otras que nunca llegaron a pronunciarse. Y en ella permanecen también esos secretos que salen a la luz casi por azar, otros que quizá nunca llegaremos a conocer y algunos misterios que se han perdido para siempre porque pertenecen a personas que ya no pueden contarlos.
Algo parecido ocurre con el bar del pueblo, aunque desde una perspectiva completamente distinta. Es un lugar de encuentro, de conversación y de comunidad, pero también de observación constante. En los pueblos pequeños existe esa sensación tan particular de estar siempre rodeado de personas que te conocen, que saben quién eres, quién es tu familia y de dónde vienes. Es una red que puede resultar protectora, porque nadie está completamente solo, pero que también puede convertirse en una forma de control.
Y ahí aparecen los rumores, las miradas y esa dificultad añadida de guardar un secreto cuando todo el mundo conoce a todo el mundo. La confianza con la que se relacionan los personajes tiene precisamente ese carácter tan propio de las pequeñas comunidades: hay cercanía, familiaridad y una especie de refugio colectivo, pero también resulta casi imposible pasar inadvertido.
Karmany consigue, además, que Mallorca tenga una presencia muy importante en la novela. La autora describe con acierto los paisajes que acompañan la historia y logra que el entorno participe de la atmósfera de lo que estamos leyendo. Pero no es solo una cuestión de paisaje. También sabe detenerse en los sentimientos y transmitirlos a través de imágenes, sensaciones y sabores, algo que he apreciado especialmente en la línea del pasado, con la que he llegado a sentirme mucho más conectada.
Tiempo de granadas es una novela sobre mujeres, memoria, vínculos y supervivencia, pero también sobre esos lugares que conservan lo que creíamos olvidado. Una historia en la que el pasado no permanece completamente enterrado porque, de una forma u otra, siempre encuentra la manera de regresar.
Caterina Karmany i Jaume es periodista y ha trabajado como corresponsal de TV3 y Catalunya Ràdio en las Islas Baleares y anteriormente en Madrid. Apasionada por contar historias y lectora desde muy pequeña, debuta en la narrativa con Tiempo de granadas, su primera novela.





